Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja En la gran amargura de ella vio Venters algo cuya causa no podía ser su estado febril. Supuso que la muchacha odiaba la vida que había llevado, que seguramente se vio obligada a llevar. Había sufrido algún imperdonable mal de manos de Oldring. Con esa convicción le invadió nuevamente la cólera contra el bandido. Desde hacía un año amargábale un profundo resentimiento. Odiaba los parajes selváticos, la soledad de las altiplanicies. Había esperado que sucediera algo, y este algo sobrevino al fin. Como un indio que va a robar caballos, habíase deslazado en los oscuros recintos de los cañones y había herido a una muchacha desgraciada, a la que ahora procuraba salvar de su inconsciente acto, firmemente resuelto a concluir su obra salvándola igualmente de la fiebre traumática. Después veríase obligado a defenderla a ella y a sí mismo del hambre. Era preciso luchar. Ante esta afirmación perdió el miedo a los hombres, endurecióse. Iría a buscar a Oldring sin precipitación, cuando llegara el momento oportuno, y entonces mataría a aquel bandido de enorme estatura y negras barbas que había esclavizado a una muchacha obligándola a servirle para sus infames fines.