Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Pero decidió, no obstante, esperar algunos dÃas más antes de alejarse del campamento, porque figurábase que la muchacha descansaba mejor al saberle a su lado. Ella despertaba más fuerte por cada hora de breve sueño, comÃa con apetito y movÃase inquieta en el lecho de ramas tiernas, pareciéndole a Venters que sus ojos le seguÃan. La joven hablaba de los perros, de la cueva, del valle, de su gran apetito, hasta que Venters la mandaba callar. Ella obedecÃa, pero se incorporaba en el lecho y no dejaba de contemplarle ni un solo instante. La segunda mañana de convalecencia, Venters hallóla ya sentada en la yacija cuando llegó, y ella no quiso permitir que le lavara el rostro ni que le diera el alimento, porque deseaba hacerlo por sà misma. Hablaba poco, en cambio, y Venters se dio rápidamente cuenta de que empezaba a pensar en su situación. Entonces se fue con Blanca al valle para cazar algunos conejos. Al regresar, sorprendióle ver sentada a la convaleciente en el borde de la cueva, con los pies desnudos colgando al exterior. Corrió hacia ella para rogarle que volviese a acostarse. Se miraron. En aquel cambio de miradas, Venters creyó que cada uno de ellos vio al otro de modo distinto. ParecÃa imposible que aquella frágil muchacha fuera el jinete Enmascarado de Oldring. Se le ocurrió que debÃa de estar en un error y que ella lo aclararÃa pronto.
—Ayudadme a bajar —le dijo la joven.