Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Pero… ¿os encontráis bien? —exclamó Venters—. Esperad algún tiempo más.
—Estoy débil, un poco mareada, pero deseo bajar.
Él la levantó y la puso sobre el césped, de pie a su lado, sosteniéndola cuando ella trató de andar con pasos vacilantes. ParecÃa un muchacho; su cabecita apenas llegaba al hombro de Venters. Pero viéndola asÃ, junto a él, colgada de su brazo, el traje de montar que llevaba no confundÃa, como sucedió al principio, su femineidad. Ella podrÃa ser el famoso jinete Enmascarado de las altiplanicies, podrÃa parecer un muchacho, pero sus contornos, sus manitas y sus lindos pies, su cabello, sus grandes ojos y sus labios trémulos, además de una sutil esencia, proclamaban su sexo.
La joven se cansó pronto de andar, y Venters le preparó un cómodo asiento bajo el abeto, junto a la hoguera.
—Ahora… contádmelo todo —dijo ella.
Entonces Venters le contó todo lo que habÃa sucedido, desde el momento en que descubrió a los bandidos en la hondonada hasta su convalecencia.
—¿Disparasteis sobre mÃ… y ahora me habéis salvado la vida?
—SÃ. Después de estar a punto de mataros, he hecho cuanto he podido para que os curéis.
—¿Estáis contento?