Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Ya lo creo!
Los ojos de la joven eran inusitadamente expresivos y le miraban incansables; no se daba cuenta de que su alma reflejábase en ellos, y Venters pudo leer en su mirada el agradecimiento, el interés, la curiosidad y su honda tristeza.
—Contadme algo de vos —suplicó ella.
Y Venters le contó a grandes trazos su historia, cómo llegó al Estado de Utah, sus varias ocupaciones hasta que se convirtió en jinete, y cómo después los mormones le echaron de Cottonwoods, haciendo de él un proscrito.
Luego, no pudiendo resistir la gran curiosidad que sentía, preguntó a su vez:
—¿Sois vos el jinete Enmascarado de Oldring?
—Sí —respondió la joven, y bajó los ojos.
—Lo sabía…, reconocí vuestra figura y la máscara, porque ya antes os había visto. Y, sin embargo, no puedo creerlo… Vos nunca habéis sido aquel bandido que conocimos nosotros, los jinetes de la pradera: un ladrón…, un salteador de caminos…, un raptor de mujeres…, un traidor asesino que mataba a los jinetes cuando dormían…
—¡No, jamás! Nunca robé ni hice daño a nadie en mi vida. Sólo montaba a caballo y cabalgaba, cabalgaba, rauda y veloz.