Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La dueña de Withersteen había tenido por seguro que todos los niños temerían a Lassiter, y Fay Larkin más que ninguno, porque la pequeña no era como los demás pequeños; a causa de su alejamiento de los de su edad y de su vida solitaria, habíase mostrado siempre muy tímida con las personas desconocidas. Sin embargo, al verle lo contempló con ojos graves, muy abiertos, pero sin mostrar miedo. El jinete había venido para informar a Juana que los bueyes y los caballos seguían en excelentes condiciones, y cuando sentóse, cediendo a la invitación de la joven, Fay se atrevió a acercarse un poco. Juana, correspondiendo a la pregunta que leyó en la mirada de Lassiter, le contó la historia de la niña. El jinete no le quitó ojo mientras hablaba, y ella se sintió inquieta ante la grave mirada de él. Después se volvió a Fay y sonrió de un modo que Juana dudaba de la realidad de las cosas. ¿Cómo era posible que Lassiter sonriera tan dulcemente a un niño habiendo dejado a tantos sin padre? Juana supuso que Lassiter no había sido padre, pero que si el destino le bendijera con un hijo, no habría otro tan bueno como él. Fay debió de hallar también aquella sonrisa singularmente seductora, porque poco a poco fue acercándose y, por fin, se colocó al lado de su protectora, desde dónde favoreció al extraño con una cariñosa mirada de sus bellos ojos.
Lassiter siguió sonriendo.