Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana los contempló a los dos y comprendió que aquél era el momento oportuno para aplacar el odio del enemigo de los mormones. Sin embargo, el intento era difÃcil. Al conocerle mejor, aumentó también su respeto hacia él, y este respeto hizo que le pareciera muy duro valerse de la coqueterÃa femenina para conquistarlo. Mas al pensar en los motivos que la guiaban, al pensar en Tull y en aquel otro cuyo nombre trataba de olvidar cuando estaba delante del vengador de Milly Erne, comprendió de pronto que no podÃa esquivar el asunto. Y su religión la hizo audaz, más audaz de lo que se hubiese mostrado si sólo la impulsara un sentimiento de vanidad femenina.
—Lassiter, os veo muy poco ahora —dijo, advirtiendo que en su rostro brotaba el rubor.
—Estoy cabalgando todo el dÃa —repuso él.
—Pero no está bien que estéis siempre en la silla. Venid aquà alguna vez. ¿No queréis venir a verme…, más frecuentemente?
—¿Me lo mandáis?
—¡Qué tonterÃa! No lo mando; os suplico tan sólo que vengáis a verme de vez en cuando.
—¿Por qué?