Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Una vez oÃda la pregunta, no le pareció tan difÃcil de contestar como imaginara. Además, descubrió súbitamente que también habÃa en realidad motivos desinteresados para desear verle. Y como se habÃa mostrado atrevida para iniciar la conversación, decidió serlo también mostrándose franca y leal.
—Tengo mis motivos…, no necesito deciros más que uno —contestó—. Si es posible, quisiera cambiar vuestros sentimientos hacia los de mi religión. DarÃa cualquier cosa por lograrlo.
Después de esta confesión, Juana sintióse mejor y más libre. Deseaba demostrarle que existÃa por lo menos una persona mormona que no se asustaba de luchar a cartas vistas.
—¡Ya lo creo! —exclamó Lassiter, y se echó a reÃr.
—¿Vendréis? —preguntó sin desviar la mirada—. Jamás he solicitado eso de ningún hombre…, exceptuando, a Bern Venters.
—Creo, señora, que no corrÃais ningún riesgo, ni Venters tampoco. Mas tal vez el caso no serÃa el mismo tratándose de mÃ.
—¿Queréis decir que no os conviene que os vean aquà con frecuencia? ¿Teméis alguna emboscada?
En aquel instante la pequeña Fay se acercó a Lassiter:
—¿Tenes una nena? —preguntó.