Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —SÃ, señora.
—¡Vengarse en un caballo! Lassiter, los hombres de mi religión son inhumanos y crueles. Con gran pesar mÃo lo confieso. Tanto han sido perseguidos, odiados y maltratados, que su corazón se ha endurecido. Mas nosotras, las mujeres, rogamos en silencio para que llegue pronto el dÃa en que se ablanden.
—Perdonadme, señora, pero ese dÃa jamás llegará.
—¡Oh, sÃ, sÃ!… Lassiter, ¿creéis que las mujeres mormonas son malas? ¿Habéis alzado también vuestra mano contra ellas?
—No. Creo que las mormonas son las mejores, las más nobles, las más pacientes, las más ciegas y las más desgraciadas mujeres de la tierra.
—¡Ah! —Juana contempló grave y pensativamente a Lassiter—. Entonces…, ¿queréis compartir mi pan?
Lassiter tardó en contestar; turbado, daba vueltas al sombrero y movÃa los pies.
—Señora —dijo a poco—, creo que vuestra gran bondad os hace olvidar las cosas. Tal vez no se me conozca bien en estos lugares, mas habéis de saber que allá, en el Norte, hay mormones enterrados que se agitarÃan en sus tumbas si pudiesen saber que Lassiter se sienta a vuestra mesa.