Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Es posible. Mas…, ¿queréis aceptar, sin embargo? —preguntó ella.
—Acaso tengáis un hermano u otro pariente que podrÃa entrar, y al verme se sentirÃa ofendido, y yo no quisiera…
—No tengo en Utah ningún pariente. No hay nadie aquà con derecho a exigirme cuenta de mis actos… —Y volviéndose sonriente a Venters, añadió—: Vos también, Bern. Vendréis con Lassiter. Comeremos y estaremos alegres mientras podamos.
—Quisiera saber si Tull y sus hombres tramarán ahora algo siniestro en el pueblo —dijo Lassiter vacilando aún.
—SÃ, lo hará… después de rezar —replicó Juana—. ¡Vamos!
Y cogiendo la brida del caballo de Lassiter echó a andar, seguida de los dos hombres. Penetraron en un bosquecillo y, después de cruzarlo, entraron en un ancho camino sombreado por grandes álamos. El sol poniente enviaba sus últimos y dorados rayos a través del follaje.
El césped era denso y alto, contraste agradable para los ojos cansados de contemplar la bermeja aridez de la pradera. En la copa de un árbol cercano un petirrojo entonó una canción vespertina, y en el aire quieto flotaba la frescura y el murmullo del agua corriente.