Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando por fin despertó a la realidad, advirtió que había hecho las cosas mejor de lo que creyera posible. Lassiter, aunque más suave y gentil que nunca, había dejado su frialdad y, extraño humor para convertirse en un hombre inquieto y desdichado. Fuera cual fuese la intensidad de su odio mortal contra los mormones, tal pasión tenía una rival que le consumía del mismo modo. Juana Withersteen tuvo un momento de triunfo, antes de que alborease una extraña inquietud.
En el bosquecillo de álamos, en el sendero iluminado por la luz de la luna, ella reunió de pronto, una noche, todo su valor; se volvió hacia Lassiter, apoyándose casi en él, y mirándole a los ojos le dijo:
—¡Lassiter!… ¿Queréis hacerme un gran favor?
A la luz de la luna vio Juana cómo cambió el ajado rostro, adquiriendo la dureza de la roca. Sin embargo, ella buscó con las manos las dos pistoleras, y cuando hubo asido las frías culatas, tembló todo su cuerpo.
—¿Me permitís que os quite las pistolas?
—¿Para qué? —preguntó él, y por primera vez su voz era dura. Juana sintió que sus fuertes y ásperas manos asíanla por las muñecas y se inclinó hacia él, medio atraída, para mirarle a los ojos.
—No es capricho…, no es un deseo tonto de mujer…, es un anhelo que nace de mi corazón… ¡Dejad que os las quite!