Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Así pasaron los días del mes de julio. Juana pensaba que si, dada la situación, era posible ser feliz, ella lo era enteramente. La pequeña Fay llenaba en su corazón un doloroso vacío largo tiempo sentido. Y procurando atar las manos al terrible Lassiter, cumplía la tarea más grande de su vida. Había atendido el servicio dominical de la Iglesia con regularidad, mas hacía ya muchas semanas que no había ido al pueblo para otra cosa. Era extraño que ningún dignatario de la Iglesia ni ninguno de sus amigos la hubiese visitado durante aquel tiempo, pero Juana considerábalo como una verdadera suerte. Judkins y sus juveniles jinetes no habían tropezado con ninguna dificultad en su vigilancia del hatajo blanco. Aquellos cálidos días de julio estaban exentos de tribulaciones, y Juana confió en que la crisis había pasado. Muchas veces pensó en Venters, mas de un modo inconcreto. Pasaba largas horas enseñando a la pequeña Fay o jugando con ella. Por lo demás, concentró la actividad de su mente en Lassiter, y el capricho convirtióse en obsesión.