Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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A la mañana siguiente esperó a Lassiter a la misma hora, pero no se atrevió a ir ella misma al patio y mandó a Fay. La señora Larkin estaba enferma y requería grandes cuidados. Al parecer, la madre de la pequeña había empeorado desde que se trasladó a la mansión de Withersteen, y hallábase a punto de morir. Juana había confiado en que la ausencia de preocupaciones y penas, y una buena alimentación, lograrían restablecer la quebrantada salud de la señora Larkin, pero no sucedió así.

Cuando Juana salió, por fin, al patio, estaba Fay sola en él, jugando con el agua del arroyo.

De pronto llegó el ruido de cascos de caballo. No era el alegre sonido de los cascos de Campanilla cuando llegaba Lassiter, sino un ruido más fuerte y pesado, en el que Juana no reconoció a ninguno de sus corceles. Era el obispo quien llegaba, y su aparición sobresaltó a la joven. Dyer desmontó rápidamente, y al penetrar en el patio interior pisó fuerte y recio, mostrándose autoritario y furioso. Su aspecto recordó a Juana a su padre.

—¿Ésa es la golfilla de la Larkin? —preguntó con aspereza, sin saludar.

—Es la hija de la señora Larkin —repuso Juana lentamente.

—Me han dicho que piensas educar a la niña.

—Sí.


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