Los Jinetes de la Pradera Roja

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Y, de pronto, una extraña e irresistible fuerza le abrió los ojos, y la joven vio, no al obispo, sino al hombre. El choque para su alma creyente fue tremendo, pero por más esfuerzos que hizo para desterrar aquella visión, no lo consiguió. No era el obispo quien la miraba con tan fría curiosidad; era un hombre que había entrado como un patán… pisando recio y sin quitarse el sombrero en su presencia; que no creyó necesario saludarla ni gastaba ninguna de las cortesías debidas a su clase y sexo. Había oído referir que el obispo Dyer solía olvidarse a veces de su sacerdocio estallando en vulgar furia, y ahora tenía la prueba. Parecía un ranchero. Calzaba botas altas con espuelas, y estaba cubierto de polvo; llevaba además pistola a la cadera, y esto recordó a la Withersteen lo que oyera en cierta ocasión de que el obispo sabía manejar las armas. Mas durante el largo rato que Dyer la contempló, nada grosero había en la lenta y creciente fuerza de su cólera.

—El hermano Tull me ha hablado —empezó—. Fue deseo de tu padre que te casases con él. Además, yo te ordené lo mismo. ¿Le has rechazado?

—¿No quisiste romper tu amistad con ese Venters?

—No.


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