Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Pero… ahora cumplirás lo que yo te mande —bramó—. ¡Juana Withersteen, tú estás en camino de volverte hereje! Puedes dar las gracias a tu amigo gentil por ello. Estás a punto de perder el alma en eterna maldición.
En el flujo y reflujo de la torturada mente de Juana, su audacia y su valor cedieron ante el viejo orden de las cosas de su vida. Ella era mormona, y el obispo ganaba ascendiente.
—Gracias a Dios, llego a tiempo, Juana Withersteen: ¿Qué dirÃa tu padre de tus andanzas? Te hubiese encerrado a pan y agua. Te hubiera enseñado algo de lo que es el mormonismo. Acuérdate, tú eres mormona de nacimiento. Mormones hubo que se volvieron herejes, ¡maldecida sea su alma!; pero jamás ninguno que naciera mormón nos dejó. ¡Ah, ya veo que te avergüenzas! Tu fe te salvará. Eres sólo una loquilla —la voz del obispo se suavizó—. Bien, bien, he llegado a tiempo y… basta. Ahora cuéntame algo de ese Lassiter. He oÃdo cosas muy extrañas acerca de él.
—¿Qué deseáis saber? —preguntó ella.
—¿Lo tomaste a tu servicio?
—SÃ, trabaja para mÃ. Cuando mis jinetes me abandonaron me vi obligada a tomar a quien quisiera servirme.