Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Bajos los ojos, Juana contemplaba la rápida corriente del arroyuelo; trató de fijar su atención en él, mas, como su cuerpo, su mente negábase a obedecer. Sólo la voz del obispo podría librarla de la opresión que sentía. El silencio duró largo rato, y jamás le pesó tanto una espera.

—¿A qué… más? —La voz de Dyer sonó extrañamente penetrante; parecía que se iba a romper. Juana pudo hablar, pero no alzar los ojos.

—A matar al hombre que persuadió a Milly Erne a abandonar su casa, su marido… y su Dios.

Juana Withersteen percibió su propia voz con maravillosa claridad; oía el murmullo del agua a sus pies y figurábase que el murmullo de todas las aguas de la tierra llegaba a sus oídos. Aquellos ruidos sonaban extrañamente Y caían como plomo en su cerebro, y, sin embargo, no lograban romper el largo y terrible silencio. Luego, de alguna parte…, de inconmensurable distancia…, llegó el ruido de un paso lento, cauto, tintineante. Juana sintió renacer la vida. Aquel ruido quitó el peso de sus paralizados párpados. Levantando los ojos vio, pálido como la muerte, confuso, temeroso, no al obispo, sino al hombre. Y detrás de él, por la esquina, acercábanse los pasos suaves. Apareció una bota negra con espuela brillante, y luego… ¡Lassiter! El obispo Dyer no le vio ni le oyó: miraba fijamente a Juana con la angustia de una súbita revelación.


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