Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Ah, ya comprendo! —gritó con voz ronca—. Por eso haces el amor a ese Lassiter…, para atarle las manos.
La extraña mirada de Juana, fija en el jinete, hizo que Dyer se volviese. Desde aquel momento la joven perdió la clara visión de las cosas. Vagamente, como a través de una nube, vio que el obispo bajó la mano para sacar el arma. Y, con la rapidez del relámpago, vio relucir un destello azul que tornóse rojo. En sus oÃdos estalló una retumbante detonación. El patio empezó a dar vueltas en derredor suyo, y Juana cayó desvanecida, envuelta en densas tinieblas.
La oscuridad iba desapareciendo poco a poco. A través de una tenue nube de humo azul vio Juana las toscas vigas del techo del patio. Notó en la frente una húmeda frialdad; olió a pólvora y lo recordó todo. Se movió un poco y dióse cuenta de que estaba caÃda en el pétreo suelo, apoyada la cabeza sobre las rodillas de Lassiter, que le bañaba la frente con agua del arroyo; miró en torno suyo y vio una pistola humeante y manchas de sangre en el pavimento.
—¡Oh! —gimió, e iba a desvanecerse de nuevo cuando la voz de Lassiter la contuvo.
—¡No os apuréis, Juana, todo va bien!
—¿Le… habéis… matado? —murmuró ella.
—¿A quién? ¿A ese gordo que estaba aqu� No, no lo he matado.