Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Oh, Lassiter!…
—¡Sà que ha sido extraño que os desmayaseis! Creà que erais más fuerte, menos asustadiza. Ahora ya estáis bien; un poco pálida nada más. Temà que no recobraseis nunca los sentidos. Soy muy torpe para cuidar mujeres; no se me ocurrió nada.
—¡Lassiter!… Esa pistola…, esa sangre…
—¿Eso es lo que os preocupa? Pues no tiene importancia. Voy a deciros cómo ha sido. Doblo esa esquina, veo al gordinflón ese y le oigo hablar fuerte. Luego él me ve a mà y, con mucha descortesÃa, echa mano a la pistolera… No debió hacerlo tratándose de mÃ…, fueren cuales fuesen sus razones, porque eso es meterse en mi terreno. He visto andar caracoles más aprisa de lo que él movió la mano. Ahora bien, yo ignoraba quién era el visitante o amigo, aunque bien claro se veÃa que era mormón, y no me fue posible tomar la cosa en serio. Asà es que lo desalé únicamente… Le metà una bala en el brazo mientras trataba de sacar la pistola. Él dejó caer el arma y unas gotas de sangre. Le dije que ya se habÃa presentado suficientemente, que se apartase de mi vecindad. Y se marchó.
Lassiter habló con voz lenta y tranquila, en la que habÃa un dejo de burla, y su mano, que continuaba bañando la frente de la joven, era suave y segura. Su impasible rostro y sus bondadosos ojos grises acabaron por calmar la agitación de ella.