Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Él fue el primero en sacar el arma y tirasteis deliberadamente sobre el brazo…? ¿No quisisteis matarle…, vos…, Lassiter?
—Asà fue, poco más o menos. Juana le besó la mano. Instantáneamente desapareció la calma de Lassiter.
—¡No hagáis eso! ¡No lo tolero! Y… maldito lo que me importa quién pueda ser ese gordinflón.
Ayudó a Juana a levantarse y la condujo a una silla. Luego secó la sangre del suelo con la faja que empleara para humedecerle la frente. Recogió también su pistola y la echó sobre un asiento. Después empezó a pasearse de arriba abajo por el patio.
—De manera que…, ¿es verdad lo que le oà decir? —preguntó Lassiter a poco, deteniéndose ante ella ¿Me hacÃais el amor… para atarme las manos?
—Sà —confesó Juana, y necesitó todo su valor para sostener la furiosa mirada de él.
—AsÃ, este tiempo que habéis sido tan amable conmigo…, que os habéis mostrado tan amiga…, estas tardes que tan encantadoras me parecieron…, vuestra belleza…, el modo de acercares…, de mirarme…, todo ello, ¿sólo eran ardides de mujer para inutilizarme?
—SÃ.