Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Y vuestra dulzura, que parecÃa tan natural; el insistir en que Fay me hiciera compañÃa, el hacerme amar a esa chiquilla…, ¿todo tenÃa la misma finalidad?
—SÃ.
Lassiter levantó los brazos… Extraño ademán en él.
—Seguramente vuestra mentalidad mormona no daba importancia a todo eso…; pero mezclar en ello a la niña… es sencillamente infernal.
—Lassiter, a pesar de mis primeras intenciones…, Fay os quiere, os adora…, y… yo… he empezado también a quereros.
—Eso sà que es galanterÃa, señora —dijo Lassiter con sarcasmo y desdén—. ¡Y estáis ahÃ, y me miráis a los, ojos! A fe que sois una mujer bien extraña, Juana Withersteen.
—No me avergüenzo, Lassiter. Os dije que intentaba cambiamos.
—¿Queréis decirme exactamente lo que intentabais?
—QuerÃa que me vieseis bella y que mi belleza: os suavizara. QuerÃa que me tomaseis afecto para tener ascendiente sobre vos. No me fue fácil. Al principio estabais ciego. Luego confié en que amarÃais un poco a Fay y que, por ella, llegarÃais a sentir horror a dejar sin padre a los niños.