Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Pasó una semana. La pequeña Fay jugaba y charlaba y seguÃa agarrando con sus manitas las negras pistolas de Lassiter. El jinete frecuentaba la casa más que antes. Juana advirtió en él cierto cambio, pero éste no se referÃa a su bondad ni a su gentileza. Mostrábase más aquietado y pensativo. Mientras jugaba con Fay o conversaba con Juana, parecÃa haber en él otro ser que vigilaba con ojos serenos y frÃos, que escuchaba como si el murmullo del agua ambarina le llevara noticias o como si las hojas de lis árboles cuchicheasen algo: Lassiter no entraba ya en el patio montando a Campanilla, ni se aproximaba por el prado o por los senderos. AparecÃa siempre repentina y silenciosamente por entre las oscuras sombras del bosque de álamos.
—He dejado a Campanilla en la pradera —dijo un dÃa del final de aquella semana—. He de llevarle agua.
—¿Por qué no lo dejáis abrevar aqu� —preguntó rápidamente Juana.
—Creo más seguro marcharme luego deslizándome por el bosque. Me venÃan vigilando cuando cabalgaba por la pradera hacia acá.
—¿Os han vigilado? ¿Quién?
—Un hombre que se creÃa bien escondido. Pero tengo buena vista. —Y añadió, bajando la voz—: Creo, Juana, que haremos bien en conversar muy bajo. Vuestras criadas os espÃan.