Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Lassiter! —murmuró ella—. No puedo creerlo. Todas me quieren.
—¿Y eso qué importa? Naturalmente, os quieren. Pero son mormonas.
—No lo creo —contestó la joven, que luchaba por ser leal a los suyos.
—Pues en tal caso, hablad con naturalidad, en voz alta, y a poco, cuando hayan tenido tiempo de oÃrnos hablar, intentad ir hacia aquella mesa, y de un salto abrid la puerta.
—Lo haré —dijo Juana, con el rubor en el rostro.
Lassiter no se lo hubiera dicho si no estuviera convencido de ello; sin embargo, la joven era tan tenaz en su fe, que le era forzoso ver para creer, y el emplear un ardid, aun tan pequeño como el que acababa de sugerir el jinete, la avergonzaba. Mas, comparando este engaño con el llevado a cabo con Lassiter, comprendió que no tenÃa derecho a ruborizarse.
Empezó, pues, a hacer el papel requerido; reÃa y jugaba con Fay, hablaba a Lassiter de los caballos y del hatajo… Luego mencionó deliberadamente un libro en el que apuntaba los detalles de su hacienda, fue lentamente hacia la mesa y, al hallarse muy cerca de la puerta, de un salto la abrió. La rapidez de su acción hizo que la mujer que estaba escuchando se tambaleara.