Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—¡Esther! —dijo con energía Juana—. ¡Vete a tu casa y no vuelvas!

Después cerró la puerta y se dirigió hacia Lassiter; apoyó la mano en el brazo de él, porque sentíase desfallecer.

—¡Dios mío! ¡Mis criados me espían…! ¡Miserables! —exclamó con llorosos y centelleantes ojos.

—Me disgusta tener que deciros estas cosas —repuso el jinete, y ella dedujo que Lassiter se había callado largo tiempo—. Aquellas maquinaciones en la oscuridad han vuelto a comenzar.

—No, Lassiter… ¡No han cesado nunca!

Así se estableció al fin la amarga verdad, y la lealtad y la fe huyeron para siempre de su casa. Las mujeres, que tanto debían a Juana Withersteen, no dejaban de amarla ni de cumplir devotamente sus deberes caseros, pero lo envenenaban todo con mil acciones de duplicidad y astucia. Juana montó una vez en cólera y las amonestó severamente, viendo sólo ante sí rostros pétreos, extraños, que mentían sin vacilar. Después no volvió a encolerizarse. Las perdonó, porque sabía que eran falsas a la fuerza. Le daban lástima aquellas pobres mujeres acorraladas, que no podían hablar, so pena de eterna perdición.

—¡Siempre la eterna ceguera! —exclamó Juana—. Lo mismo en mis hermanas que en mí… ¡Dios mío!


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