Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Llegó un momento en que Juana ni siquiera hablaba con sus sirvientas. Éstas cumplían silenciosamente sus tareas, y, en secreto, realizaban la labor que se les había encomendado. La tristeza de la casa, la tristeza de su alma, que influía hasta en el alegre espíritu de la pequeña Fay, no penetró en ellas. La felicidad no reinaba en su corazón, pero ellas estaban inmunizadas contra la tristeza. Espiaban y escuchaban; recibían recados secretos y mandaban noticias; y robaron los libros y los archivos de Juana, y, por fin, los documentos que acreditaban sus derechos y su riqueza. Luego, una a una, se alejaron, sin despedirse, sin explicaciones, y no volvieron.
Coincidió con su desaparición la marcha de los jardineros y, hortelanos; después la de los mozos de caballos, sin que ninguno de ellos pidiera ni siquiera el sueldo ganado. De todos los empleados mormones que había en el enorme Rancho, solo quedó Jerd. Continuaba cumpliendo su deber, pero sin hablar del cambio de la situación.