Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana, sin embargo, no tuvo tiempo de ocuparse de las redes en que iban encerrándola. La señora Larkin iba empeorando a principios del mes de agosto y, necesitaba constante atención. Además, era preciso cuidar de Fay y atender a algunos trabajos domésticos. Lassiter dejó a Campanilla en el establo con los otros caballos y ayudó a Juana todo lo que pudo. Ésta se alegró del cambio. Siempre lo halló dispuesto a ayudarla, por lo cual comprendió que, cuando dijo ser torpe en cosas femeninas, fue por modestia, pues no era verdad.
Sus grandes y tostadas manos eran tan hábiles en múltiples cosas, que ni una mujer podía envidiarle. Tomaba parte en la labor de Juana y, cuidaba, sobre todo, a la señora Larkin, para que la joven pudiera descansar de las malas noches que la enferma le proporcionaba. La señora Larkin se encariñó inmediatamente con Lassiter y, sin preguntar quién era, lo alababa, diciendo a Juana que era bueno y que quería a los niños. Le fue muy grato a la joven oír hablar así de un hombre a quien creyó perdido irremisiblemente. También ella empezó a ver algo luminoso tras su siniestra figura. El bien y el mal parecían incomprensiblemente confundidos en su cerebro. Creía que del mal no podía salir el bien, y, sin embargo, tenía a su lado a un asesino que dejaba tamañito en gentileza, paciencia y amor caritativo a algunos hombres que ella conocía.