Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Casi había perdido completamente el contacto con el mundo exterior, cuando una mañana se presentó Judkins. Enjuto, áspero, tostado por el sol, barbudo, con el polvo de la pradera en sombrero y traje y las botas rotas por el sitio dónde descansan en el estribo, parecía el rey de los jinetes de la pradera. Llevaba dos grandes pistolas y un rifle.
Juana lo saludó con sorpresa y alegría; le sirvió carne, pan y vino. Luego llamó a Lassiter para que lo viera. Los dos hombres cambiaron una mirada. La significación de la pregunta de Lassiter y la aguda respuesta de Judkins no pasaron inadvertidas para Juana.
—¿Dónde está vuestro caballo? —preguntó Lassiter en voz alta.
—Lo he dejado en la pendiente —respondió Judkins—. Recorrí ayer largo trecho a pie; dormí en la pradera. Fui al sitio dónde me dijisteis que dormíais siempre, pero no os encontré.
—He mudado de residencia; estoy un poco más cerca de la fuente durante las noches.
—Judkins… ¿y el hatajo blanco? —preguntó Juana con ansiedad.