Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Señorita Withersteen, tengo el orgullo de deciros que no he perdido ni un becerro. Durante algún tiempo después de la estampida que evitó Lassiter, no tuvimos ninguna dificultad. Hasta los perros se alejaron de allí. Pero ahora han vuelto a empezar. De noche se oyen extraños silbados, y de día se valen de trapos blancos o de humo para asustar a los animales. A pesar de todo, éstos se portan muy bien. Y mis muchachos, señorita, aunque casi niños, son magníficos; no hay mejores jinetes que ellos. No temen a nadie. Vamos a llevar el hatajo hacia un gran valle que hay cerca del Desfiladero de la Decepción, porque en él no hay lomas ni rocas en que poder esconderse esos bandidos que quieren provocar otra vez la desbandada de los animales. Pronto empezará la época de las lluvias y tendremos agua para rato. En aquel valle podremos guardar el hatajo contra todos, exceptuando a Oldring. Vengo por provisiones. Las cargaré en unos cuantos burros, y saldré después de oscurecer.
—Judkins, llévate del almacén lo que quieras. Lassiter te ayudará. Yo… no sé cómo darte las gracias…; pero espera…
La joven se dirigió a la habitación que había sido de su padre, y de un arca secreta empotrada en la gruesa pared extrajo un saquito de oro. Con él regresó al patio y se lo entregó al jinete.