Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—Toma esto, Judkins, y no olvides que lo considero muy poco para tu gran lealtad. Dales a tus muchachos lo que creas justo, y el resto quédatelo. Y escóndelo bien.

—¡Oh…, señorita Withersteen! —exclamó el jinete—. ¡Si no podría ganar tanto dinero ni en diez años! No está bien; no debería tomarlo.

—Judkins, tú sabes que soy rica, pero tengo muy pocos amigos leales. ¡Sólo Dios sabe lo que será de mí y de los míos! Así, toma el oro, ahora que aún puedo darlo.

Y, sonriéndole amablemente, se marchó para que los Hombres pudiesen hablar. A poco les oyó en animada conversación, bajo al principio; luego, gradualmente, fueron subiendo de tono. Judkins acentuaba sus palabras dando con la culata de su rifle en el suelo.

—Es una maquinación infernal, Lassiter.

—Pues, hijo —repuso éste—, aunque esa confabulación para dominar a la señorita Withersteen pueda pareceros cosa mala, no lo es… aún. Alguno de esos hombres con cara de santo, que aparentar andar a la sombra del mismísimo Jesucristo, saben inventar y hacer cosas que no se le ocurrirían ni al mismo Belcebú.

Juana llevóse las manos a los oídos y se fue a su habitación; allí, como una leona enjaulada, iba de un lado para otro, hasta que la entrada de la pequeña Fay la distrajo.


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