Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El día siguiente fue cálido y brumoso. Juana se hallaba sentada en el patio, descansando, cuando oyó las pisadas de un caballo. A poco apareció éste, y de él apeóse un jinete que se aproximó con la actitud de un hombre determinado a llevar a cabo una misión difícil, pero con temor a no ser bien recibido. Juana reconoció inmediatamente en él a uno de sus jinetes mormones, llamado Blake. De todos los que habían estado a su servicio, era Blake el que más agradecimiento le debía, y, al avanzar, hizo viriles esfuerzos para dominar la emoción que le embargaba, demostrando así que no había olvidado.
—Señorita Withersteen, mi madre ha muerto —dijo con voz entrecortada.
—¡Oh… Blake! —exclamó Juana, y no pudo decir nada más.
—Ha muerto sin sufrir, por fin descansa…, ¡gracias a Dios…! He venido para ponerme a vuestras órdenes, si es que puedo serviros. No vayáis a pensar que he nombrado a mi madre para despertar vuestra simpatía. Mientras vivía, cuando os abandonaron vuestros jinetes, yo me vi obligado a hacer lo mismo. Temí lo que pudiesen hacer a ella… Señorita, nosotros no podemos hablar de lo que está sucediendo…
—Blake, ¿tú sabes algo?