Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Acabo de dar un saquito a Judkins. Te daré a ti otro. Si no lo aceptas, no puedo admitirte. Es posible que estés algunas semanas, meses tal vez…, hasta que estalle la tormenta. Entonces no tendrÃas nada, y te habrÃas enemistado con los tuyos. Es preciso prevenir la pobreza. Te daré oro, y puedes esconderlo para cuando te haga falta.
—Si os empeñáis, bien está —repuso Blake—. Pero ya sabéis que nunca he pensado en el pago. Ahora, señorita, otra cosa más. Deseo ver a ese Lassiter. ¿Está aqu�
—SÃ, pero… Blake, ¿necesitas verle? ¿Por qué? —preguntó Juana con súbita angustia—. Yo puedo decirle lo que quieras…
—No basta. Deseo…, he de hablarle yo mismo. ¿Dónde está?
—Con la señora Larkin, que está enferma. Ahora lo llamaré —repuso Juana, y fue a avisarle.
—Lassiter, aquà está Blake, un antiguo jinete mÃo. Ha vuelto, y desea hablaros. Blake se tornó muy pálido.