Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Blake, me siento feliz escuchándote. ¡No sabes tú lo que me ha dolido que mis jinetes se marchasen! —Juana lloraba—. Los he estimado tanto…, he deseado siempre hacerles bien…, y ninguno me ha sido fiel. A ti debo perdonarte, puesto que has vuelto. Tal vez hay muchos que sienten como tú, pero no se atreven a volver.
Con todo, vacilo en admitir tu sacrificio, y… ¡te necesito tanto, tanto…!
—Pues aceptad mi ofrecimiento. Si vais a convertiros en ejemplo de lo que debe ser la mujer mormona, permitidme que yo lo sea de los mormones. Yo creo en vos, y ofrezco mi vida para probarlo.
—Ya ves que tú mismo insinúas que peligra tu vida —dijo Juana, sin aliento, muy, bajo.
—No hablemos de eso. Deseo volver aquÃ. Deseo hacer lo que secretamente anhelan hacer todos por vos… Señorita, creà no serÃa necesario deciros que mi madre, antes de morir, me rogó que tuviera valor. Ella sabÃa lo odioso que me era aquello…, y me dijo que volviese…
¿Queréis consentir ahora?…
—¡Qué Dios te bendiga, Blake! SÃ, te admito de nuevo a mi servicio. Y tú… ¿aceptarÃas de mà un poquito de oro?
—¡Señorita!