Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Perdonadme —siguió Juana—. Siempre olvido vuestro… vuestros sentimientos. Ahora mismo pensaba en vos sólo como en un fiel amigo, porque os considero siempre como un ser extraordinario… S n embargo, permitidme decirlo…, hablaba en serio al referirme a la huÃda. Estoy cansada de todo esto…, me siento amargada.
—Juana, lo peor del caso es —repuso el jinete suspirando profundamente— que no os podéis marchar…
—¡Lassiter! ¿Qué queréis decir? ¿No soy libre en absoluto?
—No, no lo sois… Va a ser preciso que os lo cuente todo…
—¡Contádmelo! La incertidumbre me hace ser cobarde. Es la fe y la esperanza, la fe ciega, si queréis, lo que me angustia. Todos los dÃas me despierto creyendo… creyendo siempre en mi religión. Y al avanzar el dÃa nacen las dudas, cada vez más grandes, y el odio feroz que me destroza el corazón. Luego, llega la noche…, digo mis oraciones…, ruego por todos y por mà misma…, me duermo, y me despierto libre otra vez, llena de fe y de esperanza. Después… ¡Dios mÃo…!, vuelvo a pasar por el infierno de la desesperanza, de la duda cruel, del odio, hasta la noche… Pero si queréis devolverme mi tranquilidad, decidme por qué no puedo marcharme de aquÃ…, decidme qué más he de perder…, reveladme lo peor.