Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Juana, os vigilan. Vigilan todos vuestros movimientos, excepto, acaso, cuando estáis dentro de vuestra casa. El bosque de álamos está lleno de hombres que se deslizan furtivamente por el suelo; detrás de cada arbusto hay uno, y cuando montáis a caballo y os paseáis por la pradera, entre la artemisa los hay a docenas. Por la noche se arrastran hasta debajo de vuestra ventana, entran en el patio, y casi estoy por decir que en la misma casa, puesto que, bien lo sabéis, jamás habéis cerrado ninguna puerta. Ese bosque que veis allà es una colmena humana dónde suceden cosas misteriosas. Y fijaos bien, Juana; para mà ya no se trata de que los espÃas se cuiden de cruzar mi camino, sino de no tropezar con ellos. Quisieran ver si es posible matarme, eso está claro. Pero tal vez sea tan difÃcil matarme por detrás como cara a cara. Hasta ahora no me he preocupado más que de observar. Y el resultado es que no podéis marcharon… Ahora, no. Quizá más tarde, cuando hayan logrado doblegaros, tendréis más libertad, pero eso es muy dudoso. Estáis destinada a perderlo todo: el ganado que os queda, vuestra casa, la Fuente Ambarina. No podréis ni siquiera esconder un saquito de oro, porque, ¿dónde vais a llevarlo, si os vigilan constantemente?
—¿Qué puedo hacer, Lassiter?
—Creo que nada, a no ser esperar pacientemente lo que ha de venir. Si quisierais que hiciese una visita a Tull, una visita que hace mucho tiempo…