Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Tenéis razón…! ¡Dios sabe lo que habrá pasado! ¡Pobre Bern! Con mis sinsabores, casi me he olvidado de él. Pero, de todos modos, no temo. Mis jinetes me han dicho siempre que es astuto y sagaz como un lobo… En cuanto a lo que habéis dicho acerca de mis pensamientos…, si bien es verdad que no he pensado en ello, el caso es que tengo sueños extraños y en ellos siempre me veo huyendo de aquÃ… No siempre soy práctica ni cumplo con mis muchas obligaciones, como dijisteis un dÃa. Por ejemplo, si me atreviese…, si tuviese valor…, os rogarÃa que ensillaseis los dos caballos negros y que huyeseis conmigo, escondiéndome dónde os pareciera bien…
—¡Juana!
La faz del jinete se cubrió de mortal palidez. Juana habÃa visto algunas veces emocionado a Lassiter: cuando conoció a la pequeña Fay…, cuando estuvo junto a la tumba de Milly Erne…; pero nunca le habÃa visto tan conmovido como en aquel momento. No sólo se volvió blanco, no sólo perdió su habitual frialdad, sino que además, la cogió de pronto, violentamente, en sus brazos y la estrechó con pasión.
—¡Lassiter! —exclamó la joven temblando, dándose cuenta de que únicamente ella tenÃa la culpa de aquello. Instantáneamente, como aturdido por un golpe, el jinete la soltó.