Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters abarcó con rápida mirada aquella escena y se fijó sobre todo en Bess. Ésta había cambiado. Al traje de jinete había añadido unas albarcas de piel que ella misma confeccionó, pero ya no parecía un muchacho. Nadie hubiera podido dejar de advertir los contornos suaves, y redondeados de un cuerpo de mujer. El cambio había aumentado su gracia y su belleza. Un destello de oro cálido refulgía en su cabello, y en sus tostadas mejillas había un suave tinte rosa. La turbadora dulzura de sus labios y ojos, antes tan ilusiva, una promesa tan sólo, habíase convertido ahora en hecho real. Encajaba la joven armoniosamente en aquel maravilloso escenario, porque era como el Valle de la Sorpresa, hermosa y selvática.
Venters salió de su cueva para empezar la jornada. Había retrasado el viaje a Cottonwoods hasta después de las lluvias estivales, que sobrevendrían pronto. Hasta entonces no quería pensar ni en los peligros que el futuro podía encerrar, ni en su pasado. Deseaba vivir, dedicarse sólo al momento. El Valle de la Sorpresa le encantó. En aquel hogar de los trogloditas había paz y soledad, y otra cosa tan maravillosa como el dorado haz del sol mañanero, aunque el joven no se atrevía a ahondar en ella.