Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Aquel día ocurría lo mismo que los anteriores. Como no disponía de herramientas, Venters no podía dedicarse a construir nada, y por lo tanto permanecía en dulce ociosidad. Fuera de procurarse comida y guisarla, no había otra ocupación. Y, no habiéndola, no guardaban ningún orden. Tanto él como Bess, tan pronto comenzaban una cosa como la dejaban, para empezar otra y abandonarla también, y tumbarse bajo los abetos a soñar, viendo pasar las nubes por el cielo. El valle era un Eldorado, un paraíso silencioso. El murmullo del viento, los cantos de los pájaros, alguna piedra que se derrumbaba, no hacían más que contrastar el profundo silencio de aquel valle circundado de altísimas rocas.

Venters y Bess dejaban vagar su fantasía.

—Bess, ¿os he hablado de mi caballo, de Camorra? —preguntó Venters.

—Más de cien veces —repuso ella.

—¿Ah, sí? No lo recordaba. Quisiera que lo vieseis. Nos llevará a los dos.

—Me gustaría montar en él. ¿Sabe correr?

—¿Si sabe correr? Es un demonio de velocidad; el caballo más veloz de la pradera. Confío en que no se marchará de aquel cañón.

—Estoy segura de que permanecerá allí.


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