Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana Withersteen reunióse de nuevo con sus invitados y los hizo sentar a su mesa. Ordenó que se retirara la criada y sirvió ella misma. La cena fue abundante, generosa; la compañía, extraña. A su derecha sentó al desharrapado y famélico Venters, y aunque un ciego hubiera podido darse cuenta de que el joven formaba parte de la felicidad de Juana, aquél mostróse sombrío y triste. Parecía que pesaba sobre él la ruina que le presagió Tull. A la izquierda de Juana estaba Lassiter, que con su traje de piel negra parecía un ser fantástico. No demostraba tener hambre ni ganas de hablar, y cada vez que efectuaba uno de sus movimientos de inquietud, las pesadas pistolas golpeaban contra la mesa. Si hubiera podido olvidarse su presencia, aquellos golpes lo harían imposible. Y Juana Withersteen habló y sonrió con ese perturbador juego de labios y ojos con que una mujer bella y atrevida sabe cautivar a los hombres.
Terminada la cena, Juana se inclinó sobre la mesa y, clavando sus ojos en los de Lassiter, preguntó:
—¿Por qué habéis venido a Cottonwoods?
Su pregunta pareció romper un hechizo. El jinete se levantó como si en aquel momento volviera a la realidad.
—Señora, he recorrido todo el sur de Utah, todo el Estado de Nevada en busca de… algo. Y por fin supe que, mediante vuestra ayuda, puedo hallarlo aquí; en Cottonwoods.