Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja No fue ahora su casi inconsciente y vana obsesión la que actuó en ella al cambiar apresuradamente su traje de montar por otro blanco, contemplando luego largamente la figura soberbia y de graciosos contornos, el bello rostro de firme mentón y labios carnosos, los azules ojos de orgullosa y pasional mirada que se reflejaban en el cristal.
—Si puedo hacer que se quede aquí algunos días, no volverá a matar a ningún mormón —musitó Juana—. ¡Lassiter!… Me estremezco al pensar en este hombre, mas cuando le miro olvido quien es y casi le quiero. Sólo recuerdo que ha salvado a Bern. Mucho ha debido de sufrir. ¿Por qué? ¿Acaso amó alguna vez a una mormona? ¡Con qué calor nos defendió a nosotras, pobres e incomprendidas mujeres! El caso es que debe de saber mucho…