Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Atravesó una gran habitación de techo bajo que tenÃa aspecto de estancia de una fortaleza; desde ella entró en otra más pequeña, en la que ardÃa un chisporroteante fuego en un hogar abierto; dejó también esta habitación para penetrar en la suya. TenÃa ésta la misma comodidad y buen gusto que se revelaba en el patio, y los suaves matices del color de las paredes y de los muebles creaban un ambiente tibio y elegante.
Raras veces penetraba Juana Withersteen en su habitación particular sin mirarse en el espejo. Gustaba de ver reflejada en el cristal la belleza de su rostro, que oyó ponderar desde la más temprana edad. Sus parientes y amigos, y más tarde un tropel de adoradores mormones y gentiles, habÃan avivado la llama de su innata vanidad. De aquà que a los veintiocho años apenas pensase en su maravillosa influencia para el bien de la pequeña comunidad de Cottonwoods, de la que su padre la dejó casi dueña absoluta; acariciaba con preferencia los sueños que le inspiraba la seguridad del encanto de su belleza. Esta vez, sin embargo, mirábase en el espejo con alegrÃa distinta y sin la acostumbrada sonrisa de complacencia. Porque hoy importábale más ser hermosa por su nuevo amigo que por sà misma; querÃa ser bella a los ojos de Lassiter, aquel hombre cuya terrible fama habÃa cruzado el enorme desierto de piedras y praderas de artemisa, aquel hombre de voz suave y rostro triste, que odiaba y mataba a los mormones.