Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El pájaro nocturno del cañón empezó a anunciar el crepúsculo con sus claras y melancólicas notas. De todos los riscos subía el débil gemido del viento al penetrar en las cavernas. Las nubes agrandábanse por momentos y cubrían toda la parte del Oeste. Su aspecto era amenazador, y, como si toda la fuerza del vendaval los empujara, los nubarrones corrían velozmente por el firmamento. Una roja llama surgió de pronto, abrió el cielo de Oeste a Este y se apagó. Entonces, de lo más tenebroso de las nubes brotó el estruendo. El trueno parecía rebotar de risco en risco, como si todas las montañas se derrumbasen una tras otra.
—¡Oh! —gritó Bess tapándose los oídos con las manos—. ¿No os lo dije?
—¡Pero, Bess, sed razonable!
—No puedo, soy cobarde, lo confieso.
—No lo creo. Es extraño que tengáis miedo. A mí me encanta la tempestad.
—Os repito que una tormenta es terrible en un cañón. Oldring odia las tormentas, y sus hombres las temen. Uno de ellos, durante una terrible tempestad, se quedó sordo, y no pudo curarse después.
—Según eso, aún me queda mucho que aprender. Y esta tormenta va a ser fuerte. Vamos a tener primero viento, después relámpagos y truenos, y luego lluvia. Quedémonos tanto tiempo como sea posible aquí, al aire libre.