Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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En las tinieblas de la tormenta, Venters guió a Bess hacia la entrada de la cueva, ayudándola a penetrar en ella. En el mismo instante, otro cegador relámpago iluminó con vívida luz la enorme oquedad, y entonces el joven vio la pálida faz de Bess y sus ojos, que expresaban horror; vio también a los perros saltar dentro de la cueva y los siguió. Luego desapareció la llamarada, todo quedó nuevamente envuelto en la negrura de la noche, y al instante siguió el horrísono trueno y el infernal estruendo de los ecos.

Bess se aproximó más a él y le cogió las manos para cubrir con ellas sus oídos; dejó caer la cabeza sobre el hueco de su hombro y ocultó allí el rostro.

La tempestad estalló con toda su furia; un relámpago seguía a otro en rápida sucesión, llenando el valle de maravilloso resplandor; y los truenos sucedíanse también rápidamente, en infernal baraúnda, aumentada por el incesante y ensordecedor eco.

Venters contempló el hermoso valle, más bello que nunca, místico en su transparente y luminoso esplendor. Ni la lluvia torrencial que empezó a caer aminoró el supremo encanto del valle a la luz vivísima de las exhalaciones.


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