Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja «Sólo es el viento», pensó Venters; pero el viento es también el gran perforador de las maravillosas cuevas de los riscos. Sólo era un huracán, mas al escucharlo, al acostumbrarse el oído a su furia, se percibía clara y persistentemente un extraño e indefinible sonido en medio del fragor. No parecía formar parte de la tierra ni de la vida en ella. Semejaba la agonía y el dolor del viento, un tañido fúnebre por todo lo que caía bajo la acción de los elementos desencadenados.
Profundas tinieblas reinaban en el valle. Venters no podía ver a su compañera; advertía su presencia solamente por el contacto de su mano, que le agarraba el brazo. Notó que los perros se acurrucaban junto a sus pies. De pronto la espesa y negra bóveda celeste se abrió sobre ellos y cruzó por ella la cegadora azulada luz de un relámpago de caprichosas formas. Todo el valle fue visible durante un instante, como si lo iluminara el sol del mediodía. Luego, otra vez la oscuridad, más negra que la paz, una oscuridad densa, profunda. Después, la aterradora detonación del formidable trueno, e instantáneamente repercutió el eco; era éste un estallido repetido, vivo, retumbante, horrible. Las paredes se lanzaban unas a otras el sonido, que no hubiera podido ser mayor si la montaña se hubiese venido abajo en destructor alud. Saltó el eco de risco en risco, con ruido de explosión dinamitera, decreciendo paulatinamente en fuerza, hasta que al fin cesó.