Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters contempló a la muchacha, que se había echado en sus brazos, escondiendo el rostro en su hecho. No le soltaba. Sintió la suavidad y el calor de su cuerpo, el alentar de su pecho; vio los esbeltos y graciosos contornos de la figura femenina. ¡Una mujer en sus brazos! Y la estrechó más. Él, que anhelaba el contacto de una mano amiga, sentía ahora el temblor del cuerpo y el ritmo del corazón de una mujer junto al suyo. ¿Por qué extraño azar llegó ella a amarle? ¿Y qué maravilla hizo que fuera un tesoro para él?
Ya no oía el estruendo de la tempestad, porque, al contacto de las manos y del pecho sollozante de la joven, se dio cuenta de que dentro de él librábase también una tormenta. Vibraban nuevas cuerdas de su espíritu, extraña música de campanas alegres nunca oídas, tristes sueños alboreando, dudas que se disolvían, esperanzas que volvían a nacer, fuerza, calor, libertad, inefable dulzura del deseo… Una tempestad en su corazón…, la tempestad de un amor real y verdadero.