Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Al hablar, el viento del Oeste le acariciaba el rostro y parecía apaciguar su pasión. Aquel aire era fresco, fragante; llevaba el extraño y dulce peso de lejanas cosas, noticias de vida de otros climas, de sol que iluminaba otras paredes, de lugares dónde reinaba la paz. Llevaba también la triste verdad de corazones humanos y de misterios, de promesas y de inextinguible esperanza. El Valle de la Sorpresa era sólo un pequeño nido en el gran mundo de que procedía aquel pesado viento. Bess sólo era un ser entre millones de seres que estaban a merced de desconocidos motivos en la Naturaleza y en la vida. En el valle, Venters había experimentado un gran contento; en el dulce y cálido ambiente, respiró felicidad; el amor, como una gran luz, había asomado por los altos riscos y descendido hasta él; y ahora, el viento del Oeste llevábale el murmullo del triunfo eterno de la fe sobre la duda.
—¡Cuánto mejor me encuentro ahora, después de lo que ha pasado! No me preocuparé del futuro. Venga lo que venga, estoy dispuesto a recibirlo.
Venters volvió al campamento y halló a Bess sentada en su sitio favorito, esperando su regreso.
—Me alejé para reflexionar un poco —explicó el joven.
—Nunca habéis tenido el aspecto de ahora. ¿A qué es debido? ¿No queréis decírmelo?