Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Por qué… habéis de volver aqu� ¿Quién os obliga?
—¿Creéis que yo podrÃa dejaros aquà sola?
—Podéis cambiar de parecer cuando lleguéis al pueblo, cuando veáis a vuestros amigos…
—No cambiaré. Y en cuanto a mis amigos… —Venters se echó a reÃr con amargura y sarcasmo.
—Debe de haber… alguna mujer… —El rubor cubrió el delicado rostro de la joven y sus ojos expresaron vergüenza al buscar un instante la respuesta en los de él. De pronto, bajó la vista s, cubrióse el rostro con las manos.
—¡Bess…, escuchadme! —dijo Venters con brusquedad, hija de la violencia con que reprimÃa su impetuosa emoción.
Y como impelida contra su voluntad, contestando a una voz irresistible, Bess levantó el rostro y le miró tristemente, tratando de murmurar algo con trémulos labios.
—No hay ninguna mujer —continuó Venters mirándola fijamente, sin pestañear—. Nada en el mundo, excepto la muerte, puede retenerme lejos de aquÃ.
En los ojos de ella brilló la alegrÃa de la nueva esperanza, mas al momento volvió a desaparecer.
—No soy nadie… Una… una mujer… sin nombre.