Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Deseáis vos que vuelva? —preguntó él, de pronto, con manifiesta frialdad—. Quizá queréis volver con Oldring…
La ocurrencia de Venters levantó en vilo a Bess, y sin temblor, su palidez, su mirada, sus sellados labios, todo rechazaba la insinuación.
—Perdonadme, Bess. No debà decirlo; pero me enojasteis. Mi intención es trabajar por vos, crearos aquà un hogar, ser para vos… un hermano todo el tiempo que tengáis necesidad de mÃ… Y es preciso que olvidéis lo que sois…; lo que habéis sido, quiero decir. Habéis de ser feliz aquÃ. Cuando recordáis vuestra antigua vida os ensombrecéis, y eso me duele.
—He sido feliz… y lo seré más aún, lo sé. Sois tan bueno, tan bueno…, que vuestra bondad me anonada, no puedo creerlo. Me duele la cabeza de tanto pensar en los motivos que tenéis para ser asà conmigo. Yo sólo soy…, dejadme que lo diga…, una muchacha sin nombre, la chica de Oldring, solÃan llamarme. El que me hayáis salvado, el que deseéis hacerme feliz, es cosa que no puedo comprender. Por eso me pongo enferma ante la sola idea de que vais a alejaros de aquÃ. Pero os prometo no disgustarme más… Si pudiese devolveros un poco del bien que…
—Vos me habéis dado cien veces más. ¿Creéis en m�
—¡Creer en vos! No podrÃa hacer otra cosa.