Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Entonces, escuchad. Al salvaros me salvaba a mà mismo. A pesar de mis sueños, he llegado a reflexionar profundamente. Nunca me preocupé mucho de Dios, y aquà Dios se me ha revelado. Niego en absoluto que sea verdad cuanto decÃs acerca de vos. No puedo explicarlo; hay cosas demasiado hondas que no pueden traducirse en palabras. Sean cuales fueren los terribles males que habéis sufrido, a los ojos de Dios sois inocente. Lo veo…, la siento en todos los momentos que pasáis a mi lado. En el Estado de Illinois tengo a mi madre y a mi hermana. Quisiera poderos llevar hoy mismo.
—¡Oh, si fuese eso cierto! Entonces sà que me atreverÃa a levantar la cabeza —exclamó Bess.
—Levantadla, pues, niña; porque os juro que es verdad.
Bess alzó la cabeza con la singular gracia peculiar en ella, con aquella inconsciente expresión de inocencia que tanto confundÃa a Venters, aunque esta vez el gesto era más enérgico a causa de las alentadoras palabras de él.
—Yo también he reflexionado —dijo ella, sonriente—; me he descubierto a mà misma… Sé que soy joven, que siento la alegrÃa de vivir, que… soy una mujer.
—Bess, me parece que ese descubrimiento lo he hecho yo antes que vos —repuso Venters riendo.
—¡Oh, es que hay más! He de deciros algo.