Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja El valle se convirtió en un paraíso. A cada momento, desde que el sol irrumpía en él a través del ojo del puente gigantesco, al amanecer, hasta que desaparecía en el rojo crepúsculo sobre el borde oeste de los riscos, cambiaba de color. Desde el alba hasta bien entrada la mañana estaba inundado de luz dorada; al mediodía era blanca y cálida, y purpúrea a la caída de la tarde. Y al fin de las tormentas surgía el arco iris, que apoyaba un extremo en el verde follaje del bosque y que, al desvanecerse, parecía dejar en el aire una débil estela de maravillosas irisaciones.
Venters paseábase otra vez con Bess por las terrazas, soñando y observando los ligeros cambios en los roqueños muros, y se ponía cara al viento del Oeste.
Muchas veces, en aquellas horas de ensoñaciones, observaba a la muchacha y preguntábase en qué estaría pensando. La cambiante luz del valle reflejaba su color y su significación en la variante luz de sus ojos. Veía en éstos infinitamente más de lo que viera en sus propios sueños… el alma de la muchacha y cálidas ansias de vida.
Y mientras soplaba así el viento del Oeste, llenando su corazón de felices nuevas, pasaban los días; las nubes rojizas tornáronse blancas y las tormentas terminaron por aquel año.
—Ahora debo irme —dijo entonces Venters.
—¿Cuándo?