Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —En seguida…, está noche.
—Me alegro de que haya llegado el momento. La incertidumbre me mataba. Marchaos…, asà volveréis antes. A la caÃda de la tarde, Bess caminaba con Venters a lo largo de la terraza este del valle, subiendo después la prolongada pendiente, y pasaron por debajo del gran puente de piedra. Entraron en la estrecha garganta para saltar la cerca construida por Venters; Bess no habÃa ido nunca tan lejos. En la garganta reinaba ya el crepúsculo cuando llegaron a la Roca Movediza, de la que el joven le habÃa hablado tantas veces. Bess tembló al ver la larga y estrecha pendiente con sus paredes ruinosas que parecÃan ir a derrumbarse a cada instante.
—¡Qué camino tan horrible! ¿Y por él me habéis subido?
—¡Vaya!
—Me asusta pensarlo, aunque estoy acostumbrada a malos caminos. He ido por todas partes dónde podÃa andar o trepar mi caballo. Pero en esta empinada senda hay algo que da miedo. Parecen estar observándome los peñascos.