Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Tengo fe en vos. No me preocuparé hasta que hayan pasado los cuatro dÃas convenidos. Sólo que… siendo posible que no volváis…, he de deciros…
Perdió la voz. Su blanco rostro, sus grandes y brillantes ojos, contrastaban con la oscuridad de la garganta. Los perros aullaron, rompiendo el silencio.
—Es preciso que os lo diga, porque acaso no volváis —murmuró Bess—. Habéis de saberlo que pienso de… vuestra bondad…, de vos mismo. Siempre he permanecido, muda, parecÃa una ingrata. Pero lo tenÃa grabado muy hondo en mi corazón. Aun en este momento…, si no fuese lo que soy…, no podrÃa decÃroslo. Pero no soy nadie, sólo la chica de un bandido, sin nombre… Vos me habéis salvado y soy… vuestra… para lo que os plazca… Con toda el alma y el corazón…, ¡os amo!