Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana se dijo que sin duda el jinete, con su casi sobrehumano poder de previsión, veía más allá del horizonte las oscuras sombras que pronto se cernerían sobre él, sobre Juana y sobre Fay. Juana Withersteen aguardaba el estallido de la tormenta, largo tiempo diferido, con un valor y una amargada serenidad que era su último baluarte. No Había muerto la esperanza. La duda y los temores, dominados por su voluntad, ya no le daban noches de insomnio y, de tortura. Quedábale el amor. Todo cuanto hasta entonces había amado, lo amaba más aún. No pasó un día sin que fervorosamente rogara por todos y, con más fervor todavía, por sus mismos enemigos. La preocupaba haber perdido, o no haber tenido nunca el completo dominio de su mente. En algún modo, la razón, la sabiduría y la decisión hallábanse encerrados en una célula de su cerebro, esperando la clave. No podía pensar en ciertas cosas. Y mientras tanto, aguardando el día decisivo, luchaba incesantemente para anegar las amargas gotas en la copa de su existencia, para desarraigar el corrosivo liquen que se adentraba en su corazón.